El papel de la cultura en las sociedades desarrolladas ha cambiado de forma sustancial en las últimas décadas. Hoy, la cultura es algo más que el valor de su propia realidad, supone también un sólido activo estratégico de desarrollo social y es la base de una importante realidad económica. Los recientes cambios en los hábitos de consumo cultural y las cifras de negocio de las industrias culturales son una buena demostración de esta tendencia.
La complejidad de estos cambios en el papel social de la cultura implica que, progresivamente, todos los procesos de producción, distribución, exhibición y difusión de los productos culturales necesitarán la aplicación de modelos de financiación y de gestión, novedosos y más eficientes. Y es preciso ajustar dichos modelos a la especificidad de los sectores público y privado, así como a los distintos ámbitos de la cultura en que ambos sectores confluyen.
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